Que difícil resulta ver como poco a poco los latidos se apagan, la vida se extingue y el alma se endurece, se petrifica. Ya no queda rastro de aquella sensación jovial de vivir en el paraíso, ya sólo quedan llantos, lágrimas, ya sólo queda soledad. Desértico paisaje abrasador cual Tártaro que ahoga cualquier hálito de vida. No es sino una llama que lentamente cesa en su tarea de alumbrar.
En la lejanía se desvanece cualquier indicio de irrealidad, de mera y pura fantasía que, a falta de persistir para la eternidad, se aleja haciéndonos conscientes de su necesidad. El hombre se vuelve frío cual témpano de hielo, y sufre su amargura en silencio.
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