Hace ya once años que empecé a jugar a voley. Quien me diría a mí cuando empecé allá por el 
Hace ya once años que empecé a jugar a voley. Quien me diría a mí cuando empecé allá por el 
Hay veces que la línea del horizonte que separa la ficción de la realidad es totalmente invisible, y ahí es cuando llega realmente el problema, sobre todo para los que tendemos a creer que el amor, tal y como lo podemos entender, no dista de la ficción.
Besos apasionados que duran eternamente, abrazos que traspasan el televisor, suspiros que ahondan en el alma de tal forma que los sientes como si realmente fuera tu cuerpo el que los produce, pero lamentablemente no es así.
Quizás sea la imposibilidad de hacer que el momento sea tan mágico como lo imaginamos o quizás sea que la realidad es como es y modificarla a nuestro gusto no es algo posible, pero lo que si que es cierto es que tendemos a perfeccionar cada vez más el amor.
Somos inconformistas y no nos vale sentir y que sientan con nosotros, sino que buscamos siempre algo mas, buscamos ese grado sumo de perfección en el que nuestro cuerpo y nuestra alma están totalmente satisfechos, buscamos ese momento en el que nada puede ser mejor, en el que no cambiaríamos ni un solo segundo de lo ocurrido.
Pero, como siempre, la realidad es simplemente eso, realidad, y como tal nunca estará a nuestro alcance el poder manipularla a nuestro gusto, por lo que la ficción seguirá siendo siempre ese espacio y tiempo en el que todo momento adquiere ese toque de perfección y en el que nada puede salir mal, en el que los amantes intercambian besos en el infinito y en el que los gestos tienen cien mil tipos de connotaciones, cien mil tipos de interpretaciones.