Los sueños, las ambiciones, en definitiva, todo aquello por lo que luchamos en nuestra vida no tienen sentido si realmente no eres sincero contigo mismo, si realmente no te aceptas como eres. Aún intento explicarme por qué escribo esto, pero si busco bien adentro sé que lo hago para, de una vez por todas, dejarme claro a mi mismo que auto engañándome no consigo nada. Es duro aceptar que todo lo que una vez soñaste en la vida probablemente no se cumpla porque, aunque lo intentes, físicamente no tienes posibilidades.
Una vez soñé que algún día sería un gran cantante, que todos me admirarían por mi gran voz y que, de una vez por todas, sería alguien especial, alguien a quien la gente reconocería por tener talento. Como sabréis ni soy cantante, ni nunca lo seré, y aunque martirice los oídos de mis padres y mi hermano, sé que nunca llegaré a cantar como todos aquellos a los que admiro. Y aunque cada lunes tras finalizar Glee sueñe con poderme subir a un escenario y que simplemente alguien me escuche y diga: pues no canta tan mal, sé que nunca ocurrirá, y si ocurre será para regalarme los oídos. No canto bien, y aunque me lo proponga, por suerte o por desgracia esto es un don con el que se te bendice al nacer, y si no has nacido con ello, no hay forma alguna de conseguirlo.
En otra ocasión soñé que seria un gran jugador de voleibol, que entraría en la selección madrileña, después en la española, y que finalmente me convertiría en internacional. Soñé que dominaba la técnica, que la táctica no escondía ningún secreto para mí, que el toque de dedos sería mi mejor arma con la que demostraría a todo el mundo lo bueno que puedo ser. Pero no es así, mi altura me limita en muchos aspectos, y aunque el resto se puede entrenar, tengo 18 años y comenzaré la nueva temporada en categoría senior. Todos me sacan ventaja en muchos aspectos, y aunque entrene, ellos tienen algo de lo que yo carezco: experiencia. Pasar de un equipo que te necesita para jugar en otro en el que eres uno mas es difícil de asumir. Quizás sea ese el problema, no me esforcé lo suficiente porque tenía el puesto asegurado, o me conformé con lo que ya sabía en vez de experimentar y volar, volar con nuevas combinaciones y nuevas formas de solventar cualquier situación. Me dejé llevar por mis miedos y mis inseguridades y ellos me arrastraron al fracaso. Nunca crecí como jugador porque nunca confié en mí mismo, porque antepuse lo seguro a lo arriesgado, y arriesgando es como se aprende.
En última instancia, creo que bajo la vocación que digo tener por el periodismo escondo una inseguridad de no saber que es lo que realmente me gusta en esta vida. Tampoco digo que haya escogido la carrera al azar, pero sé que era lo que más se asemejaba a lo que puede hacerme feliz, pero aún sigo planteándome si hice bien. Antepongo la seguridad de mis padres a mi felicidad, lo sé, pero mi familia es férrea como el acero, creen que entienden todo y que tienen la solución para todo, pero no es así, ellos no saben lo que es tener que decidir tu futuro estudiantil y profesional sin dejar de pensar en el dinero que ellos van a gastar para que puedas ser alguien de provecho en un futuro.
Solo quería soltar esto porque aunque llore cada vez que veo un video de Glee o después de cada entrenamiento en el que siento que no sirvo para nada, sé que hay algo que subyace bajo mis pensamientos, bajo mi consciente, y es ahí donde quiero llegar para saber que es lo que realmente quiero, que es lo que realmente me gusta, que es lo que realmente quiero hacer con mi vida.
Somos dueños de las riendas de nuestra vida y ya es hora de que yo tome las mías.