Con el paso de los años, tenemos la extraña tendencia a olvidar de dónde provenimos, y ya no sólo eso, sino que también tendemos a no valorar lo que tuvimos. Yo pertenezco a una de las últimas generaciones que vivió el deporte de una forma que hoy los más pequeños desconocen. Me refiero a ese momento en el que tus padres te preguntaban sobre el deporte que querías practicar y, en caso de que no lo supieras, ellos mismos te asignaban uno. El deporte como una “obligación”, porque ellos sabían que era lo mejor para tu desarrollo, no sólo físico, sino también emocional; y con el que aprendimos a competir, a valorar el esfuerzo, a ser disciplinados y, sobre todo, a divertirnos.
Los niños ya no juegan como antes. El deporte es una actividad que ha pasado al segundo plano y prima el desarrollo de otras actividades, no menos importantes, pero que no están relacionadas con la actividad física. ¿Acaso antes no combinábamos las clases de inglés, con la asistencia a clase y con los diferentes deportes que practicábamos? Parece ser que antes sí se tenían las ganas suficientes como para aprender inglés a la vez que jugábamos a voley y asistíamos a las clases. El problema surge cuando los padres prefieren su comodidad a que sus hijos practiquen deporte y desarrollen sus capacidades motoras.
Todavía recuerdo lo que era jugar a voley en una pista de cemento, tener las rodillas llenas de sangre por tirarte a salvar un balón, jugar con lluvia, viento o un sol cegador; y todo esto con tan sólo ocho o nueve añitos. También recuerdo los partidos reñidos, los gritos de ánimo y los aplausos de los padres hacia sus hijos. Todo eso se ha perdido cuando encima ahora disponemos de mejores instalaciones y mayores recursos para la práctica del deporte.
Para colmo, la crisis económica ha relegado a un escalafón mucho más bajo este deporte, que si ya era minoritario, ahora con las altas cuotas que pagan los jugadores (porque no hay subvenciones de los ayuntamientos) reduce aún más el número de componentes en cada equipo. Las consecuencias: los equipos que estaban en las divisiones más altas del voley tienen que descender a categorías inferiores y menos costosas (aun teniendo equipos competentes para jugar en esas ligas superiores), disminución del número de jugadores lo que genera a su vez una disminución de equipos lo que lleva como consecuencia última a la extinción de los clubes. Después de todo esto, algunos nos preguntamos ¿qué nos queda? ¿Es el fin del voleibol?
Yo no creo que sea así, pero sí sé que hacen falta unas cuantas cosas:
-De primeras, gente que se comprometa con este deporte. Ya no vale la excusa de “que lo hagan otros”; cada vez somos menos los que queremos que esto siga adelante y los que intentamos buscar soluciones, por mucho que fracasemos con ellas. Sin gente que lo intente, este deporte seguramente morirá.
- Fomentar el deporte de base: recordar a los padres que ellos una vez fueron niños y que ellos disfrutaron de una infancia sin consolas, ordenadores ni demás artilugios distractores y, en pocas ocasiones, formadores. Los niños tienen que correr, saltar, jugar y practicar deporte. Son niños y tienen mucha energía para hacerlo.
- Todos sabemos que el dinero es la base de cualquier proyecto. Pero si queremos que esto siga adelante tendremos que proponer otras soluciones como entrenar gratis, o colaborar en la búsqueda de patrocinadores o cualquier tipo de financiación ajena a la Administración Pública, organizar eventos y fiestas para recaudar fondos, etc.
No es imposible, sólo hay que apretarse el cinturón, soportar las fuertes rachas de viento y hacer todo lo que esté en nuestras manos para que este barco no se hunda. En definitiva, sólo hacen falta ganas.