En un mundo donde jugar con la mentira es algo tan habitual como jugar con los muñecos, la gente tiene difícil eso de creer todo lo que se dice, y más cuando no hay pruebas que lo demuestren. La verdad, al igual que un diamante, es tan codiciada que hacemos casi cualquier cosa con tal de descubirla. ¿Es lícito hacer cualquier cosa con el afán de sacar a la luz la verdad? ¿Está moralmente bien pisar a los demás y humillarlos con tal de hacer conocer la verdad? Yo no tengo las respuestas. Yo solo sé, o al menos tengo la certeza (que como bien dice Martín Algarra, no son lo mismo) de que si realmente nos mostraramos al mundo tal y como somos, sin miedo al rechazo, nos libraríamos de esa lacra que es la presión social y podríamos ser totalmente fieles a la verdad sin tener que hacer de la vida de los demás nuestra propia vida.
Apropiándome de los pensamientos de una amiga, confío en que el respeto deje paso de una vez por todas a una atmósfera de cordialidad. No pido que todos pensemos igual, pero sí que seamos tolerantes, y aunque no nos guste, sepamos que el respeto empieza por respetar a los demás. Si conseguimos eso, algún día conseguiremos ser realmente tal y como somos, y podremos sacar a relucir siempre la verdad, porque con respeto, el miedo a ser diferente poco a poco desaparece.
Como estudiante de periodismo, creo en la verdad, aunque cada vez sea algo más difícil de encontrar. Y aunque la mentira obstaculice el camino, siempre habrá algo que nos lleve a conocer la realidad tal y como es, sin ningún adorno estúpido que la distorsione.
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