martes, 22 de octubre de 2013

CRÍTICA A LA SERIE QUEER AS FOLK

Qué difícil es hacer una crítica a una serie cuando lo que se interpreta es parte de tu vida, tus deseos más fervientes o simplemente un paralelismo entre tu vida real y tu asombrosa y ficticia vida no existente. Lo que intentaré, a pesar de fallar a una de las máximas del Periodismo, es resumir todo lo que ha significado esta serie para mí. Y como la crítica es un género de opinión, puedo expresarme libremente sin faltar al sacramento de la objetividad. Ni que decir tiene que este es mi blog, por lo que sobran las justificaciones.

Queer as folk es la serie en cuestión. Una serie en la que, con todas las licencias permitidas, drogas, sexo, amor y cualquier derivado de ellas es entrelazado hasta formar los enredos y nudos más increíbles vistos en una serie de temática gay. Cierto es que una persona con mi sentimentalismo es capaz de llorar con cualquier cosa, pero la situación trasciende más allá. Son sus personajes y sus tramas brutalmente realistas los que sostuvieron durante cinco años a esta joya de la televisión en pantalla dejándola, además, morir dignamente, sin agonías y sin perpetuos intentos por revivir historias sin sentido. 

Las orgías, las pollas, las tetas y todas las palabras y temas tabú habidos y por haber entorno al mundo gay fueron abarcados desde una perspectiva realista, sin censura. Fue como mirarse al espejo y decir: ¿en serio siguen sorprendiéndose por ver a dos tíos follar? ¡Pero sí vuestro mayor deseo es hacer lo mismo con vuestra novia!  Eso es lo que a mi entender hace que, primero, te sobresaltes al ver la ingente cantidad de carne (y pescado) a la que pocas veces estás acostumbrado en una producción y, segundo, no puedas dejar de pensar en qué será lo siguiente.

Los actores bordaron sus papeles consiguiendo estereotipar a cada uno de los personajes que interpretaban. Si bien es cierto que esto puede ser contraproducente la gran mayoría de las veces, en este caso resultó ser todo un punto a su favor. La obsesión de Brian por su juventud y su aversión al estilo de vida heterosexual, la lucha por el amor platónico de Justin, la inocencia de Michael o el binomio masculino-femenino de la relación lésbica entre Melanie y Lindsay, sirvieron para retratar lo que todos sabíamos sobre el mundo gay, pero también para delatar que no eran tan diferentes como cualquier otra persona.

Es en esa premisa en la que, para mí, radica la esencia de la serie. Sí, estaban retratando las vidas de personajes homosexuales, pero, sorpresa, es exactamente la misma vida para los heteros. Sí, todos los jóvenes se enamoran, todas las personas practican sexo, todos desearían ser igual de exitosos que el mismísimo Kinney y todos han sentido alguna vez obsesión por su físico y su belleza. 

En definitiva, una serie que fue todo un acierto y que muy a mi pesar pasó sin pena ni gloria por una España con tintes aperturistas, pero cada vez más retrograda. Quizás fuera culpa de que su emisión fuera a partir de la medianoche o de que el canal "innovador" que apostó por ella se diera el lujo de poner una serie controvertida en prime time. Nunca lo sabremos.




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