Parece que fue ayer cuando pensábamos que éramos únicos, que la gente nos envidiaba y que sólo nosotros sabíamos entender lo que teníamos. Nos creíamos especiales, sin el temor a que nada derribara los muros de una amistad bien cimentada, pero nos equivocábamos. A veces los muros no son destructibles desde fuera, pero sí desde dentro. ¿Qué nos ha pasado? ¿Qué ha cambiado para que fallemos a nuestras propias promesas, a nuestros mandamientos?
Quizás tenga la respuesta, pero no quiero elaborar una teoría del caos sobre algo que me ha costado tantos años conseguir y que no me gustaría perder jamás. Me da miedo siquiera pronunciar una simple sílaba para denominar esta situación en la que estamos. No me siento cómodo. Cada día que pasa las risas son disputas y las alegrías, problemas.
Ahora se antepone la pareja a los amigos, un polvo a una simple charla de familia, los días tienen cada vez menos horas para estar con los nuestros, magnificamos los problemas y somos incapaces de resolverlos, simplemente dejamos que pase hasta que reventamos. Nosotros no éramos así.
Nos hemos vuelto egoístas y sólo pensamos en nosotros mismos. Hemos decidido adoptar el rol de la pasividad a afrontar los problemas a la cara. Pero debemos hacerlo desde el cariño, pero con firmeza porque las palabras que no se pronuncian no son dichas, y si no se dice algo es como si no existiera.
¿No os dais cuenta? ¿Acaso soy yo el único que ve que las cosas no van bien? Quizás esté loco por seguir creyendo que siete personas son más importantes que casi cualquier cosa en este mundo.
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